April 7th, 2008
Las cosas que me hacen sentir orgullosa
He aquí una historia de la vida real:
Durante mi peregrinaje anual a Kalamazoo, para asistir al International Congress in Medieval Studies, en el año 2005, tuve una pequeña aventura. Nos habímos comprometido a llevar a nuestros colegas Fiona y Manuel desde el aeropuerto O’Hare en Chicago hasta Kalamazoo. Como viajábamos a horas distintas, y el vuelo en en el que ellos llegaban venía con un ligero atraso, decidimos que yo esperaría en el terminal mientras Peter recogía el auto que habíamos alquilado.
Esperar en un terminal puede ser una de las cosas más aburridas que uno puede tener que hacer (especialmente cuando uno está cansado después de un viaje de ocho horas), por lo que uno busca un montón de formas de entretenerse. Yo pasaba el tiempo mirando a la gente que iba y venía, mientras mantenía un ojo en los anuncios de llegadas. Después de un buen rato (una hora diría yo), el avión en el que llegaban Fiona y Manuel aterrizó. Desde ese preciso instante, mi atención se concentró en los que desembarcaban, buscando las caras familiares entre los desconocidos.
En cierto momento, una mujer alta e imponente que viste chaqueta negra de cuero, una camisa almidonada blanca y jeans, atrae mi interés. Su rostro es familiar, pero no es una de los que espero. En fracciones de segundo mi cerebro procesa miles de datos y, finalmente, llega a un reconocimiento. Con un nudo en el estómago la veo aproximarse y siento la necesidad absoluta e inconstestable de hablar con ella.
Me acerco y balbuceo en voz baja, tratando de que otros no nos escuchen:
“You are… Emma Thompson.” (Usted es… Emma Thompson) Es más una pregunta que una afirmación.
Ella se detiene y sonrie, y con un acento inglés educado, posiblemente de Oxbridge, me responde:
“Well, yes, I am.” (Pues bien, si, soy yo).
De immediato, un silencio incómodo nos envuelve, no tengo planeado que decir en caso de encuentro fortuito con Emma Thompson… Después de varios segundos, extiendo mi mano, y digo:
“I am Barbara Bordalejo.”
Ella sornrie y me da la mano.
“How do you do?”
Otro período de silencio sigue hasta que, con gran convicción, suelto:
“I was very proud of you when you won the Oscar for adapting the script of Sense and Sensibility.” (Me sentí muy orgulllosa cuando ganó el Oscar por su adaptación del guión de Sentido y sensibilidad).
“Oh, thank you. That is very kind” (Oh, gracias. Es muy amable), me responde con cortesía.
De nuevo quedo sin palabras y otro silecio breve nos envuelve. Mi cerebro continua procesando a toda velocidad, pero con gran torpeza y termino murmurando:
“No one is going to believe I just met you” (Nadie va creer que la conocí).
Ella sonrie de nuevo, acostumbrada a que extraños la detengan con conversaciones surrealistas.
“Don’t worry, have them give me a call to my mobile,” (No te preocupes, has que me llamen al celular), me dice y prosigue a explicar que la esperan porque está trabajando en un proyecto cinematográfico.
Durante los siguientes días, en la conferencia, me dediqué a repetir la historia de mi encuentro con Emma Thompson y de todo lo que sentí durante los preciosos segundos que compartí con ella. He desgastado la anécdota con los años y quedan pocos de mis conocidos con oídos vírgenes. Pero lo más importante es esa sensación de orgullo que sentí no durante los minutos fugaces compartidos con alguien que no recuerda quién es Barbara Bordalejo, si no los de aquella noche, nueve años antes, en la que una actriz que nunca llegaré a conocer, recibía un premio de la academia.
No cuento esta historia porque crea que tiene un significado especial, la cuento porque, ahora, un orgullo mucho mayor se ha apoderado de mi. Este año, la película Peter & the Wolf, con un guión escrito por Marianela Maldonado y Suzie Templeton, recibió el premio de la Academia por mejor cortometraje animado.
No necesito que Marianela me diga que confirmará que me conoce a los que la llamen al celular. Lo sé yo que compartí literatura y aventura con ella. Su voz resuena en mis oídos contando historias de su profesora de piano, que adoraba su pelo rubio y lleno de rizos, o de la de ballet, cuyos castigos eran una señal de afecto enfermizo. Su imagen vive en mi memoria sentada, tocando el piano de mi casa o hablando de sexo o de libros.
Los que tengan oídos que escuchen, porque Marianela de la piel de porcelana, de los pies rotos por las horas de ballet y cosidos por ella misma, del gesto de apretarse los rizos del pelo, me hace sentir tan orgullosa que debo contarles a todos esta historia.